Revista Summa+ nº100 | La Musica de la Obra
1999
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Por Carlos I. Dibar, arquitecto y periodista.

Entre los arquitectos artistas, Roberto Frangella pertenece a la elite de los más destacados en ambas disciplinas. Como arquitecto, su trayectoria ascendente lo ha posicionado en el elevado nivel afianzado con el primer premio del concurso para la Ciudad Judicial de Buenos Aires, en el que formó parte del equipo ganador. Como artista, además de merecedor de múltiples premios y ganador de muchos concursos, su expresión se define con el trazo inconfundible que lo caracteriza. El uso del color lo convierte en un neo-impresionista de los paisajes tanto urbanos como rurales. Con el lápiz y las tintas sus trazos se convierten en una simbiosis de fondo y figura. Sus personajes son parte indisoluble del entorno, tanto que no se los puede concebir separadamente. Cuando ellos no están es sólo porque se han retirado al interior de sus construcciones. Frangella concibe al hombre en el campo, rodeado de una fuerte naturaleza de planicie con los animales del lugar. Descubre la plasticidad y el impacto formal de los molinos, las tranqueras, los tanques australianos y, siempre, con unos cielos fuertes y dinámicos como son en La Pampa. Un horizonte donde el cielo y la tierra se reflejan mutuamente. En la ciudad, en cambio, el peso de la arquitectura metropolitana y del paisaje urbano son el hábitat de los individuos agrupados. Estos ciudadanos nunca pierden su individualidad, pero su soledad es aún más grande que la del campesino. A la manera de un saludo en el último año del siglo, RT, una empresa dedicada a la construcción, le encomienda a Roberto Frangella un diseño. El responde con esta poética visión de los personajes que laboriosa y sacrificadamente, día a día plasman y materializan las ideas y los proyectos que nacen en nuestros idealizados dibujos de arquitectos. Representa en sus dibujos un día y una noche en la vida de Estero Andamio, su personaje imaginario que ejecuta su trabajo como sapo cancionero… “porque la vida es triste si no la vivimos como una ilusión”. Al decir de Juan Molina y Vedia “los sonidos de los siglos son la pala y el balde, eternos como el agua, la piedra y el barro. El milagro de cada obra son los dedos que se juntan y son las manos”. Este es el milagro de cada obra, una sabia unión para el abrigo y la gloria, realizada por las manos anónimas que todos los días hacen la maravillosa sinfonía del trabajo.

La sinfonía del dibujo se convierte aquí en una verdadera canción. Una composición que aúna sus temas rurales y ciudadanos. Estero Andamio nació y creció en las latitudes provincianas. La búsqueda de trabajo lo llevó a la ciudad, para vivirla sin olvidar su tierra natal y para participar de ella, pero construyéndola. Anónimos para muchos, los Esteros Andamios no lo son tanto para los que estamos en la construcción. Recordemos aunque sea a algunos de los que pasaron por nuestras obras y reflexionemos sobre por cuántos de ellos nos preocupamos o simplemente supimos de sus vidas alejadas de la obra. A partir de hoy, le debemos a Frangella el agradecimiento de recordarnos que cada uno de ellos es, al igual que todos, el protagonista, el centro de su propia existencia. Después de compartir esta enriquecedora composición, tal vez mañana en la obra, no los volvamos a ver igual. En el arte, mensajero de la humanidad, su autor nos enseña que sus dibujos plasmados en diez láminas tienen mayor poder expresivo que mucha tinta volcada en miles de palabras. Gracias, Roberto.

Es muy fácil. Frangella toma una hoja de papel. Después llena la hoja, ordenadamente, en filas, con palotes. No son rectos, son ligeramente curvos. Cuando la hoja está completa deja la hoja y la mira fijamente, un rato. Los palotes se empiezan a mover, cambian de lugar, se corren, más arriba, más abajo, más juntos o separados y se van formando figuras, caras, árboles, personas, hasta que el dibujo está terminado. Toma la pluma nuevamente y firma un magnifico dibujo. Clorindo Testa