Destino Sudamericano | RD2

Destino Sudamericano | Revista del CAPBA distrito 2 | número 71 año 2013

Tapa Revista

DESTINO SUDAMERICANO

destino sudamericano
entrevista a roberto frangella
arquitecto mario pérez / reportaje

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

una pregunta

En el siglo doce, el geógrafo oficial del reino de Sicilia, Al-Idrisi, trazó el mapa del mundo, el mundo que Europa conocía, con el sur arriba y el norte abajo. Eso era habitual en la cartografía de aquellos tiempos. Y así, con el sur arriba, dibujó el mapa sudamericano, ocho siglos después, el pintor uruguayo Joaquín Torres García. Nuestro norte es el sur, dijo. Para irse al norte, nuestros buques bajan, no suben. Si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿no habría que darlo vuelta, para que pueda pararse sobre sus pies?
Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Eduardo Galeano. Página 224.

 

otra introducción

La presentación  de esta entrevista  iba a ser otra, muy otra, quizá un breve  y convencional relato de la extensa y rica trayectoria de Frangella, que lo es, o de sus proyectos presentes y futuros, que son muchos y bien interesantes, por cierto, o seguramente una valoración de su calidez humana y su ejemplar compromiso social y militante, su humildad  y sencillez, admirables,  para quien esto escribe, pero ¡no!, la realidad  se metió por la ventana y se empeña en mostrase con crudeza. Mientras escribo estas palabras, la ciudad de La Plata, capital de la  provincia más importante del país, está despertando de una de sus mayores tragedias, una de sus peores inundaciones, sino la peor, producto de 400 mm. de lluvia caídos en cuatro horas consecutivas, con una secuela, hasta ahora, de 51 muertos, la mayoría de una edad promedio de 65 años, que no pudieron escapar de sus hogares, a los que creían seguros, o de sus autos, algunos muy sofisticados. El fenómeno fue tan veloz y brutal que no dio tiempo a nada; no ocurrió sólo en la periferia desamparada, el agua cubrió las dos terceras partes del casco urbano, ricos y pobres quedaron hermanados por el desastre. Horas antes a que esto sucediera, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde se concentra el mayor PBI de la Argentina, aconteció un hecho similar, afortunadamente con una mucha menor cantidad de víctimas fatales, y subrayo afortunadamente.  Estos hechos, concretos, debieran ser un disparador para volver una y otra vez sobre el como y para qué estamos construyendo nuestras ciudades, cuál es nuestra conducta como arquitectos, que obviamente no es decisiva, pero tampoco inocente. La planificación de la ocupación del territorio comprometida con los intereses de la comunidad no es un tema que admita más dilaciones. Que ha sido un fenómeno meteorológico sin precedentes, quién en su sano juicio puede dudarlo, pero depositar toda la responsabilidad ahí, es demencial. Los lobbies inmobiliarios, insaciables en la prosecución de sus intereses, la desidia estadual y privada, funcionarios mal capacitados -algunos, poco afectos a entender que brindan un servicio público-, ciudadanos corrientes, tanto como los arquitectos, demasiado atentos a su individualidad, una comunidad  escasamente  organizada,  hoy son parte del problema,  no de la solución.  Entre ellos, un estado que intenta estar presente, pero que enfrenta, no sólo la resistencia de sectores sociales poderosos a los que incomodó históricamente su acción reguladora, sino también prejuicios fuertemente arraigados en sectores medios y populares, que descreen de su necesidad, a pesar que la realidad demuestre, día a día, lo contrario, sobre todo, si se trata del bienestar de las mayorías. Ante este contexto, que se ha mostrado brutal en estos días, las palabras de Roberto Frangella adquieren una vigencia poderosa, de alguien que ha ejercido  y ejerce su oficio de arquitecto  y artista como un servicio destinado a mejorar y enriquecer a la comunidad que integra, eso sí, con resultados tangibles.
Los invito a escucharlo.

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convicciones, práctica y formación

MP/ Cuando te definís como un cristiano primitivo, ¿qué es lo que estás diciendo con eso?
RF/ Estoy diciendo algo muy esencial, casi como la médula de mi conducción interior. Para mí un cristiano primitivo es aquel hombre muy conmovido por el otro, que entiende la vida en función que uno no tiene sentido sin el otro, sentido que se adquiere en el compartir, en todas las formas a las que el amor nos pueda llevar y conducir. Con los años que tengo, de formación católica desde mi infancia, sigo comprobando que la conducta y la norma de comportamiento  que plantea el Evangelio, son algo maravilloso, me parece que si el mundo las pusiera  en  práctica,  el  mundo  sería  otro.  Sigo  creyendo  en  eso,  es  como llevar  adelante  los  valores esenciales,  los  valores  de  entrega,  de  generosidad,  buscando la  justicia  y la  igualdad  social  en  última instancia, ¿no? En última instancia no, en primera instancia. Yo considero que todos somos iguales, que todos tenemos los mismos derechos, que no hay privilegios. Así lo llevaban adelante los primeros cristianos, una  fraternidad  concreta.  Los evangelios  dicen  que  los  primeros  cristianos  vendían  sus  propiedades, repartían ese dinero entre todos, vivían en una comunidad de amor. Para mí eso es lo que debiera ser el cristianismo hoy -que no lo es, que está muy desvirtuado-, pero todo mi encuadre, mi visión de la profesión, mi visión plástica, todo está en función de esta línea de pensamiento.

MP/ ¿Cómo lo traducís a la práctica proyectual?
RF/ Bueno, toda esta postura tiene actitudes de escucha, de reconocimiento  de valores de un sitio, de un grupo social. Mi aspiración es siempre estar atrás de las necesidades más reales, no de las necesidades más superfluas, por eso he trabajado en cooperativas de autoconstrucción  y en planes de vivienda, porque ahí está la verdad de la necesidad, no es la necesidad superficial de hacer un baño a la ultima moda,  o de cosas que no son esenciales.  Cualquier  profesional,  ya  sea médico o arquitecto,  creo que tiene que tener  esa capacidad  de  salir  del  primer  lugar,  ponerse  al servicio  del  otro,  entender  al  otro,  responder  con  las necesidades del otro, hacerle lucir los recursos económicos que disponga y, en función de eso, elegir la tecnología posible. Si lo llevamos a valores o a situaciones muy aterrizadas, esta conducta de respeto y de sencillez,  de revalorar  las cosas,  no  estar  atrás  de  las  modas,  no  hacer  nada  que  no  tenga  un sentido profundo, la podríamos llevar hasta las decisiones más menores de cualquier ejercicio profesional.  Debo aclarar, para que no piensen que soy perfecto ni mucho menos, que he hecho barbaridades en mi vida profesional, he tenido actitudes de capricho soberbio, como rechazar a un cliente que  nos traía el gusto de usar techo de tejas. Todo esto que yo digo ha tenido un camino largo de idas y vueltas y contradicciones.

MP/ He leído fuertes críticas tuyas a la  formación liberal de los arquitectos…
RF/  Sí,  nuestra  formación  es  la  de  un  profesional  liberal,  es  el  profesional  que  se capacita  en  una especificidad,  ya sea ortodoncia o arquitectura,  para brindar, sí, un servicio  a la comunidad, pero con el objetivo de trabajar para vivir de esa profesión, fundamentalmente. Yo veo que los arquitectos aspiramos a recibirnos, a tener un estudio en la avenida Santa Fe o Cabildo y tener los mejores clientes, pero no la actitud profunda de construcción de un país distinto: vivimos para nosotros y nuestras familias. La profesión liberal no incluye una concepción que haga un tejido de país solidario, una formación que nos haga pensar en todo lo que puede ser el desarrollo de las ciudades del interior, los polos de producción. Estamos formados para tener nuestro estudio, vivir de nuestra la profesión y formar nuestros hijos y no dejar de hacer nuestro viaje a Europa o a Paris y tener nuestras tecnologías en la casa, tener la mejor casa: todos los arquitectos nos la arreglamos para tener una regia casa. La formación liberal es una formación un tanto egoísta, que es el liberalismo famoso del 80: no fue la integración del país, fue la construcción de un país muy dependiente de la cultura  europea,  no un país integrador  de las  culturas  autóctonas,  sí,  un país  centralizado,  capital  y provincias,  Buenos  Aires-Puerto,  o  sea  un  país  muy egocéntrico.   Y  nuestra  profesión  también  es egocéntrica.

MP/ En los últimos diez años, después de las crisis del 2001, nuestro país parece dirigido a buscar
otro camino. ¿La universidad lo ha registrado en la formación?
RF/  Me  da  la  impresión  que,  esencialmente,  no  lo  ha  registrado,  sigue  en  lo  suyo.  Sí hay  algunos movimientos, algunos talleres preocupados, porque si no, no tendríamos esto que tenemos. Ves todos esos jóvenes  que  se  reciben,  que  seguramente  durante  su  carrera  tienen  ilusiones,  tienen deseos  de  un compromiso  social, pero ni bien se reciben empiezan a hacer propiedad horizontal y se encierran en ese mundo del servicio al señor inmobiliario y se olvidan un poco de todas las ilusiones de juventud, ilusiones de un mundo mejor, más fraterno, como dijimos antes. Digamos que sí, que hemos avanzado, por supuesto, pero me parece que un cambio esencial no lo hay, si no, la ciudad seria distinta también. La ciudad que seguimos construyendo los arquitectos, es una ciudad  ¡deplorable! Ya no hay más patios porque el Código no tiene patios, pero igual hay edificios que abruman los espacios públicos, hay falta de espacios públicos, falta de espacios verdes.

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una arte de cartón

MP/ Hay, por estos días, una exposición en el Centro Cultural Borges de tus esculturas de cartón,  “Muestra Cartonera”. Has dicho, sin temor a equivocarme, que los cartoneros, durante la crisis del
2001, te habían enseñado mucho, al haber tomado la basura y transformarla en otra cosa…
RF/ Si, en la crisis del 2001 ellos fueron ¡ejemplares!, fueron capaces, con optimismo, de ponerse a reciclar cartón, y se reciclaron a ellos mismos. Eran muchachos que estaban con oficios, como peones o como ayudantes,   y cuando todo eso se acabó y ya no estaba esa fuente de trabajo, fueron capaces de revolver la basura, meter las manos en los tachos de basura Fueron valientes y nos dieron un ejemplo de los valores mejores que tiene el ser humano, de ser positivos, constructivos, luchadores,  en vez de salir a robar y a saquear, que hubiera sido tal vez lo más fácil. Llevaron al tapete toda la discusión del reciclado, del aprovechamiento de la basura, de los depósitos ecológicos, de los plásticos, de los materiales que no se degradan. Es toda una filosofía, toda una actitud de la defensa del planeta, en la que ahora, por suerte, se está avanzando cada vez más.

MP/ Entiendo que viste en los cartoneros algo que no muchos vieron, que te ha dejado una huella profunda, una experiencia que, quizá, pueda ayudar a los arquitectos a encontrar una mirada propia, un hablar desde acá, desde nuestra realidad  y no copiar modelos de otro lado…
RF/ Sí, influyó mucho en todo mi pensamiento y en mi expresión plástica también. Una vez dije: hagamos un arte distinto, un arte efímero, un arte de cartón, un arte que lleve más a la reflexión y a conceptualizar estas actitudes y estas valentías, en lugar de una obra perdurable, de mármol, por ejemplo. Me parece un modo interesante, como artista, abrir un camino, sembrar una semilla en la cabeza de otro, un modo distinto de enfrentarse a las situaciones, tan valioso como la escultura de mármol que queda para toda la eternidad, que por otro lado yo no la sabría hacer. Estas cosas de cartón, muy espontáneas, muy frescas, me permiten convertirme en un reciclador y tener esta actitud del reciclado, de poner una mirada distinta, con envases de cartón, cajas de té o pomos de dentífrico, o lo que fuera,  y con una mirada distinta, ser capaz de encontrar una realidad superadora. Esto del reciclaje tiene mucho que ver con esta recomposición del tejido social y espiritual  del país del que hablábamos. Yo creo que los argentinos, lo decía en el 2001, con lo que tenemos, podría alcanzarnos para todos, si fuéramos capaces de reciclarnos todos, y ahí volvemos a lo de los primeros cristianos: si fuéramos capaces de compartir lo que tenemos, alcanzaría para todos, en todos los niveles, en la educación, en el vestido, en el alimento, en la cultura general. Todo seria cuestión de que nos recicláramos como sociedad  y que viéramos qué bueno  y qué feliz es estar todos bien, todos iguales. No que haya extremos,  barrios  cerrados  y villas miserias,  o  esos barrios  cerrados  rodeados  de cordones  de pobreza. Seriamos mucho más felices, porque estoy seguro que, en el fondo, el señor que vive en el barrio cerrado no termina de dormir en paz.

MP/ Hay barrios cerrados dentro de áreas urbanas muy consolidadas, de alta calidad residencial, que constituyen claramente una anomalía, pero algo están diciendo; si queda alguna   reserva urbana, se traduce en el tiempo en un barrio cerrado rodeado de ciudad,  un fenómeno que no parece que se esté discutiendo con seriedad. Es evidente que hay prestaciones que la ciudad ya no está dando…
RF/ Debe haber muchas razones, pero están fallando algunas, como la seguridad, que fue uno de los puntos fuertes que motivaron a vivir en ellos. Sin embargo algunos de estos barrios sufren asaltos también,  por lo cual vivir allí tampoco te la garantizan: la seguridad tampoco se cumple aquí. En definitiva, sólo te garantiza vivir en una burbuja de “gente linda” y bien vestida. de héroes, omnipotentes y traidores

MP/  ¿Qué  cambios  habría  que operar  en  la  formación  de  los arquitectos  para  que asuman  una postura crítica ante estos acontecimientos?
RF/ Creo que sería algo muy profundo. Habría que operar primero sobre un convencimiento muy grande de quienes somos -somos sudamericanos-, sentirnos orgullosos de quienes somos, esto seria una medida muy fuerte.  Tenemos  mucha  inseguridad,  aquí  siempre  estamos  mirando  para  afuera, tendríamos  que  saber pararnos sobre nuestros pies, sentirnos orgullosos de lo que somos, de los orígenes, de los habitantes autóctonos, de la mezcla con los europeos, de todo lo que sucedió, y saber que somos muy valiosos y, sobre todo, saber esto: que somos sudamericanos, que nos da un rasgo, un conocimiento y una característica muy especial. Sentirnos orgullosos de nuestra cultura, de nuestra música, de nuestros paisajes. Fijate que cuando le preguntás a alguien cuál es la flor más linda, te responde la violeta de los Alpes, que es de Suiza, por ejemplo. Somos así  los argentinos, muy en especial los porteños, que somos los más traidores. Tendríamos que  estar  muy seguros  de quiénes  somos,  de  nuestras  maneras  de  ser,  de  nuestras  tradiciones,  de  las costumbres, de nuestros materiales, de nuestros paisajes, de nuestras riberas, de la orilla del Río de la Plata, de cómo es Misiones, de cómo es el Sur. Y entonces, en función de todo eso, tendríamos que formarnos  en un respeto enorme hacia todo eso, para que los conocimientos específicos que adquiramos  en la profesión, conocimientos específicos como las estructuras funcionales, estructuras tecnológicas, en fin todo lo que es la composición  de  un  proyecto,  que  todo  eso respondiera  a  este  sentimiento  que  tendríamos  que  tener previamente,  para que  no  nos pase  lo  que  nos  sigue  pasando,  que  como  no  tenemos  ese  sentimiento, copiamos todas formas extranjeras, para colmo con tecnologías que aquí no tenemos, y entonces llegamos a situaciones que son caricatura, muchas veces.

MP/ ¿Donde es posible encontrar ese sentimiento?
RF/ Los europeos,  por ejemplo, están tranquilos con su historia. Un amigo me contaba que lo habían ido a ver a Stirling; te estoy hablando de una historia de hace muchos años, con unos proyectos muy lindos hechos acá, muy a lo Stirling, como pasa siempre, proyecto a lo Hadid o a lo Foster, como toda la vida los ha habido. Siguiendo: van todo orgullosos, consiguen la entrevista con Stirling y le muestran: “mire profesor las cosas que estamos  haciendo  en Buenos Aires,  este fue nuestro trabajo de Diseño 5, esta es nuestra primera obra”, y Stirling les dijo: “bueno, pero no me copien a mi, sean ustedes mismos, hagan cosas de ustedes”. Y esa es una característica habitual de Sudamérica, pero los argentinos somos los peores, me parece, porque los otros latinoamericanos, ¡no!, tienen, como los mejicanos, un amor muy grande por sus raíces, como los colombianos, los mismos paraguayos. En cambio los argentinos, los chilenos también, somos más vendidos, siempre estamos mirando para afuera todo el tiempo.

MP/ ¿Cómo fue tu experiencia en Paraguay?
RF/ Mi experiencia en Paraguay fue muy fuerte. Hasta ese momento, yo era un joven arquitecto de clase media acomodada, que iba a veranear afuera, por ejemplo a Mar del Plata, atravesando con el auto los suburbios,  a  los  que  ni  siquiera  miraba.  Fue  en  Paraguay  donde  me  animé  a reconocer  lo  que  era Latinoamérica, en Paraguay me encontré con Latinoamérica, con la pobreza, las clases campesinas, con toda la postergación de América latina y me atreví a mirarla de frente y aceptar que eso somos nosotros.

MP/ Un buen amigo mío, arquitecto, me contó que siendo estudiante, en los años 1982/83, encontró en tus dibujos de ese tiempo, los mejores retratos del suburbio…
RF/ En ese   momento  empecé a centrar  mi mirada en los personajes auténticos  de nuestras tierras.  Me maravilló que el Papa invitara a un cartonero  a su consagración,  es un gesto que me parece muy lindo, porque yo creo que cualquiera de nuestros presidentes, cuando da un discurso desde el balcón de la Casa Rosada,   tendría que tener a su lado una maestra rural, una enfermera, un albañil, que son los verdaderos héroes nacionales. Para nosotros los profesionales es un poco más fácil todo, pero para ellos todo significa un mayor esfuerzo; tienen una actitud muy honesta, muy valiente, gente que tiene segundo grado y nada más, y es capaz de armar y ser presidente de una cooperativa, luchar por su barrio, para que tenga las zanjas destapadas, que tengan cañerías. Para mi ese es el verdadero héroe nacional,  no el funcionario cuya tarea no le significa el compromiso y el esfuerzo que le significa a esta gente. Es mucho más fácil para una persona, profesional, que tiene todas las comodidades -automóvil, vivienda, todo solucionado-, que para una persona que se levanta a las cinco de la mañana, viaja hora y media en colectivo, en fin, que todo, todo, le es adverso y sin embargo, esa persona tiene unos principios morales, éticos y de conductas y de comportamientos, que son asombrosos, como puede ser el de una enfermera que es abnegada en su trabajo o de un albañil que está a las siete de la mañana  sobre el andamio;  para mí estos son los héroes nacionales  del país, el país se sostiene gracias a ellos.

MP/  Cuando  te escucho,  reflexiono  sobre  cuanta  falta  nos hace,  a los arquitectos  y a  todos,  una mirada más amplia sobre la realidad, sobre los hechos cotidianos…
RF/ Es clarísimo que los arquitectos nos creemos un montón, nos creemos que somos imprescindibles. Vos me preguntabas acerca de la formación; bueno, esto tendría que ser esencial en la formación, que tendría que abordar el aprendizaje del ser humano, del habitante de un país latinoamericano, y después la especificidad, la composición, los valores estéticos, el diseño. Nosotros nos creemos que el diseño es todo y nos perdemos la vida atrás de nimiedades de diseño, exquisiteces de diseño, y nos pasa por adelante un elefante y no lo vemos, como es la felicidad de nuestro pueblo, el equilibrio social, la educación de los chicos, la pobreza que nos rodea, todo…

MP/ Es probable que las respuestas a los problemas de la arquitectura no estén en la arquitectura, estén en otro lado. Se me ocurre pensar que los cartoneros te han dado una respuesta que no estaba en la especificidad de la arquitectura…
RF/ Sí, sí. La arquitectura es una herramienta de la sociedad pero lo esencial es la construcción del cuerpo social, de su equilibrio, de su armonía, de su salud, eso es lo esencial.

MP/  Cuando  hay temas  urbanos  en discusión,  muchos arquitectos  parecen  considerar  que tienen todas las respuestas  o al menos las más significativas, y soslayan, tan vez sin tener conciencia de ello, el aporte de otras disciplinas, incluso la opinión de la comunidad…
RF/ Sí, la profesión liberal es omnipotente. En todas mis experiencias en los trabajos de autoconstrucción éramos un equipo que representaba todo el tejido social, donde, en realidad, el profesional específico más importante era el asistente social, era el que sabia relacionarse con el cliente, el que sabía qué necesitaba el poblador, era el que dialogaba con el hombre. Después estaban las distintas especificidades, como la del arquitecto, su lugar nadie se lo va a quitar. Hay un momento en que entra el arquitecto y diseña, pero todo dentro de este contexto.  Es el que diseña las viviendas,  el conjunto, propone  los materiales,  propone la imagen del resultado final y eso no se lo va a quitar nadie, pero no es todo.

MP/ Miro las paredes de tu estudio y las veo tapizadas de dibujos cuyos rasgos son inconfundibles, ¿qué intentan decir estos dibujos tan singulares?
RF/ Para mí el dibujo es algo inherente a la personalidad, la esencia de uno, para mí es la herramienta de conocimiento. Cuando yo no entiendo algo, cuando busco algo, empiezo a dibujar y el dibujo me ayuda a descubrir y a llegar a resultados. Para mí el dibujo tiene muchos rasgos, pero el rasgo del camino al conocimiento,  me parece el esencial. En Paraguay he dibujado la gente, los pueblos, las costumbres,  los distintos personajes, es la manera que yo tenía de abrazarlos, de tocarlos, de acercarme, o sea de entenderlos y  comprenderlos,  un  conocimiento  que  casi significa  una  mimetización,  que  implica  una  actitud  de solidaridad. Yo dibujo a los albañiles porque tengo esa concepción de que son los héroes de mi infancia. Digo de mi infancia porque mi papá era constructor, crecimos en las obras de mi papá, allá en las Lomas de San Isidro hace más de 60 años; eran todos chalets, casas. Crecimos sobre los andamios, fascinados con nuestros superman, con nuestros héroes que eran los techistas, porque eran chalets de ladrillos, mampostería, con techos de madera y tejas, esa era la tecnología y la expresión de las casas. Entonces para nosotros, un carpintero  serruchando  y armando la cabriada, el pocero haciendo el pozo -porque era en las afueras, no había agua corriente-,  los albañiles  con los ladrillos,  las montañas  de arena, todo esto  fueron   nuestros modelos de la infancia, modelos más románticos porque nosotros también robábamos ladrillos y maderas para hacer  nuestras  propias  casas.  Con el tiempo  los he reconvertido  en estos héroes  nacionales,  en su concepto  de  justicia  social, valorando  no  sólo  la  maravilla  que  hacían  con  sus  manos,  el  pintor,  el electricista,
todo eso que era muy lindo de ver como se construía, los plomeros soldando como se hacía en aquella época; en sí, eran oficios muy hermosos y muy agradables de ver, pero ahora lo que valoro en ellos es esa  conducta de argentinos profundos, esa conducta de hombres que tenían, quizás  más que nosotros los profesionales, esa conciencia de sostener una familia, soñaban con educar a sus hijos, con que su hijo fuera un profesional.  Una visión de construcción de una patria, que quizás nosotros los profesionales tenemos menos, porque somos más superficiales, pensando en nuestras pavadas, pensando en copiar la ultima obra de quien fuere.

MP/ Hoy, cuando las herramientas de dibujo son cada vez más sofisticadas, seguís apostando al dibujo a mano alzada como una herramienta fundamental y valiosa para poder contar…
RF/ Sí, porque me parece que el dibujo es muy directo, expresa tus sentimientos. El dibujo tiene mucho de la inteligencia del sentimiento y el compromiso de la mano y del propio cuerpo. Yo valoro mucho eso, yo no digo que los renders no sean maravillosos, pero el render es algo muy trabajoso, lleva mucho tiempo, para los concursos no siempre es lo ideal  porque no hay tiempo, hay que programar toda la máquina para que se llegue al esquema básico. Tal vez, algún día, eso se agilice.

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el concurso, los concursos

MP/ En los últimos años ha habido muchos concursos, ¿qué valor le asignás?
RF/ Sí, hay muchos concursos. El concurso es muy atractivo porque justamente, en la Argentina, trae los temas que no tenemos, que nuestra patria no ofrece tanto, porque no tenemos ocasiones de hacer hospitales, escuelas, edificios comunitarios, edificios para la sociedad. Lo que se hace en el país es mayoritariamente vivienda individual, propiedad horizontal, comercios, pero los grandes temas como una biblioteca, un teatro, sólo los ofrecen los concursos. El otro día fue el anfiteatro Cocomarola, en Corrientes, o los tribunales de Mar  del  Plata  al  principio  del  verano,  ahora se  entregó  en  Buenos  Aires  el  Centro  de  Exposiciones Municipal. En fin, esos temas no te los da el cliente particular. Por eso, el concurso es una ocasión fantástica

MP/ Ganaste, no hace mucho tiempo, el concurso nacional para proyectar la Escuela de Mùsica de la Universidad Nacional de San Juan…
RF/ Sí, por suerte ahora parece que se va hacer; se ha recortado  un sector  y va haber una partida para comenzar  y construirlo  en etapas.  Nosotros  adaptamos  la documentación,  un primer sector, creando  un acceso nuevo como para que se comience con eso. Ojala sea así. Esta escuela es muy interesante porque responde mucho al tema de escuela musical, con muchos patios, muchos espacios exteriores, mucha vinculación con los jardines, y con el tema del clima, tan riguroso allí, creo  que es un edificio que responde mucho a nuestra idiosincrasia, a nuestro sitio, al tema escolar. ¡Es una escuela! A veces estamos viendo respuestas que no van a la esencia de los programas: por ejemplo, te encontrás con una barra de cristal y resulta que eso es una escuela, situaciones así.

MP/  Los concursos son una práctica habitual tu estudio…
RF/  Sí,  porque  con  el  concurso  podes  seguir  ofreciendo,  como  profesional,  una  idea mejor  sobre  un programa, sobre un sitio, te ayuda mucho a crecer. Son los desafíos con los cuales avanza la práctica profesional. Lo que pasa es que los concursos se están convirtiendo, a mi modo de ver,  en un arma de doble filo, porque debieran ser, para mí, esencialmente de ideas, a dos vueltas: una primera, muy acotada, de una, dos o tres laminas a lo sumo, donde se exprese el partido, la idea fuerte, la definición que uno le da a ese proyecto -si está enterrado, si es una caja de vidrio que está sobre el terreno, si tiene planta baja y dos pisos, si tiene patio, lo esencial-, porque a eso va el jurado como elección gruesa de primera instancia. De ahí se debieran elegir dos o tres o cuatro y pedir un desarrollo  mayor,  y esa etapa, inclusive, debiera tener, al
menos, un pago de los gastos. Como están organizados hoy, son un arma de doble filo, que va en contra nuestra, de la matricula,  porque vos entregás ocho, nueve o diez láminas A0, llenás de detalles y dibujos y yo, que he participado como jurado, veo en muchas juras que, en una primera tarde, dejas un 25% afuera. Decís: “patios no van porque se considera que el edificio debe ser cerrado”, por ejemplo, y los patios quedan afuera de un golpe. Entonces,  en el primer momento, en esa primera tarde queda afuera ese 25% de los trabajos,  que entregaron  sus láminas,  renders, detalles;  a veces hasta piden detalles de instalaciones,  es absurdo.  Es como que le estamos entregando  nuestra sangre, la matricula  está entregando  su sangre, es terrible. El mismo arquitecto se pone de rodillas y se entrega, porque claro, en el afán de ganar, entrás en la locura de hacer la entrega y un render más, y una lámina más y un detalle más, y vos mismo te vas cebando en este despropósito.  Y entre lo que pide el asesor y lo que el arquitecto  cede, se llega a unas
entregas desproporcionadas, que implican horas de trabajo, dinero puesto allí, porque también hay que valorar eso: chicos de la facultad que te ayudan, que vienen de buena onda y con muchas ilusiones. El concurso
se está transformando en una desesperada búsqueda de trabajo, en vez de ser la búsqueda de buenas ideas, nuevas propuestas, una opinión sobre un tema, un valor agregado que hasta el momento no se
había considerado, como puede ser en relación al clima, al programa funcional, al paisaje, si estás en Calafate o lo que fuera.

MP/ La tecnología está democratizando   la participación, hay concursos que ya  no se entregan con  paneles sino vía web…
RF/ Eso es excelente y ha mejorado muchísimo, te ahorrás al menos el costo de la entrega, está muy bien. Yo,  como  jurado,  te  digo  que  es  un  gran  adelanto,  pues  el  jurado  falla  todos sentados  en  conjunto, observando  al mismo tiempo un trabajo, definiendo  esto va, esto no va, esto es un despropósito, aquí se logró un valor y todos van acordando, disintiendo y ya el trabajo se va colocando, se va alineando en un proceso de premiación. Eso está genial, pero lo que falta ahora, es estas dos vueltas que te digo, una primera de ideas y una segunda vuelta de anteproyectos,  que ya se hace con gusto, te pagan los gastos, tenés la ilusión de que estás entre los cuatro o cinco ganadores. Espero que se de.

MP/ Los resultados que están dando los concursos, de lo que has podido ver ¿qué te están diciendo?
RF/ Bueno, estoy muy crítico en este sentido, en general, de lo que puedo ver. Está en correlación con lo que decíamos antes de la formación en la facultad, que sigue siendo dependiente, que sigue siendo como está la moda ahora, de superficies,  de pieles,  y entonces muchos de los resultados te duelen, porque no tienen raíces aquí, no responden a nuestra esencia, no responden, a veces, hasta al tema mismo. Como te decía antes: pero, ¡esto no es una escuela!, o ¡esto no es un hospital! Cómo puede ser esto una facultad, que todas las aulas dan a un pasillo largo, una facultad tiene que tener un ágora, un punto de vínculo, un lugar universitario  de intercambio,  estas cosas faltan.Y hay una cuestión de las imágenes,  de las pieles, que desgraciadamente  el render, pobrecito, no tiene la culpa, pero no ayuda para nada. No es el render, es el profesional que está detrás, por supuesto. Pero el render te engaña, no te ayuda y caés en los brillos, en la superficialidad,  en una imagen. Y hay muchas cajas de cristal, muchos paralelepípedos aterrizados en los paisajes.

MP/ A diferencia de otros tiempos, en los que también se promovieron gran cantidad de concursos,  hablo  de  los años  ´70,  hoy  aparecen  en  escena  edificios  de un alto  valor  simbólico,  
resultado  de concursos recientes, en general, auspiciados por el estado, como el Parque de la  Memoria a los desaparecidos  en la última dictadura  cívico-militar,  en la Ciudad Universitaria,  
por ejemplo. Digo esto, porque lo entiendo como un registro del tiempo histórico que vivimos…
RF/ Si, acá hubo uno bien interesante, el que se hizo en la Manzana de las Luces, el resultado fue bueno, un lindo proyecto. Yo estoy pegando gritos de disconformidad pero no todo está mal.

MP/ En estos edificios a los que me refería antes, la imagen queda subsumida por la potencia de su  contenido…
RF/ Sí, acá pasó con el concurso de la ex ESMA, el tema es tan conmovedor que no te podés distraer con cosas superficiales.

MP/ Los concursos son una herramienta de una potencia enorme; discutir los temas de la ciudad por  su intermedio, quizá, sea una buena opción, desconozco si está ocurriendo…
RF/ No, no está pasando.

MP/ Los concursos que promueve el estado, ¿se construyen?
RF/ En general, no. Somos un país sudamericano y a veces soñamos más de lo que podemos. Mirá lo que nos pasó a nosotros con la Ciudad Judicial, por ejemplo, que no se va a hacer. Fue, como suele ocurrir aquí, más un proyecto de un funcionario, el Ministro de justicia del último periodo de Menem, Granillo Ocampo, que tuvo la ilusión, como otros, de hacer un edificio más simbólico: quiso hacer un bien para Buenos Aires, pero no se consensuó con todos los actores, fue más un proyecto personal de él. Se hizo el concurso, se licitó, después hubo cambio de gobierno, los radicales no lo quisieron llevar adelante, pero ni el Colegio de  Abogados,  ni la misma gente  interesada por este progreso, se   ocuparon del tema. El proyecto  era una movida  urbana  muy  importante, porque  era  llevar  un  foco  de  desarrollo  al  sur  postergado,  pero  que implicaba una movida enorme, traslado de oficinas de abogados, en fin, toda una movida que no estuvo lo suficientemente acompañada y consensuada para que luego se defendiera más allá de los gobiernos de turno. A nadie le importó mucho la Ciudad Judicial. Era interesantísima y estaba muy bien pensada, porque ahora los distintos Juzgados están -en ese momento se hablaba de treinta y pico de edificios-  desparramados en el entorno  de  Tribunales  y  algunos  edificios  son inadecuados,  porque  le  faltan  ascensores  o  porque  son antiguas casa de departamentos convertidas en archivo y depósito. Todo eso tiene un enorme costo en alquileres. Se pretendía remplazarlo con un edificio.

MP/ Todo esto que contás parece una metáfora  de la Justicia, metida en un montón   de   cuartos  cerrados, distribuidos por toda la ciudad, en vez de estar en un edificio transparente. Quizá no
haya una decisión real del Poder Judicial de transparentarse a sí mismo…
RF/ Bueno… ¡hacés una crítica muy profunda! Y es cierto que los hombres somos falibles y no siempre estamos a la altura de las circunstancias.

MP/ Más allá de la voluntad de un funcionario, puede que determinados estamentos del estado y la  sociedad no quieran hablar de democracia judicial…
RF/  Era una jugada súper democrática y participativa, un edificio democrático y participativo. Volviendo un poco a lo que me preguntabas de cómo aterrizar y llevar a la práctica mis pensamientos en los proyectos, de cómo traduciría mis ideales y mis sueños de un mundo mejor en la arquitectura, acá tenés un ejemplo, justamente este proyecto de la justicia es un proyecto concebido en términos ampliamente democráticos  y participativos. Proyectamos una plaza, espacio cívico público, que era un bien para la ciudad, una plaza que iba a ser la equivalente a la Plaza de Mayo, a la Plaza Congreso. Este proyecto iba a estar implantado en el sur, exactamente al lado del Hospital Pediátrico, un lugar muy interesante.

MP/  La  ciudad  judicial  de  Santiago  de  Chile,  surgida  de  un  concurso  ganado  por  un  estudio argentino, Vila-Sebastián,  tiene rasgos similares…
RF/  Sí,  lo que  pasa  es que cuando  vas  haciendo  arquitectura,  todo  el mundo  va  analizando y viendo ejemplos anteriores. Marcelo Vila me dijo un día: “nosotros miramos el proyecto de ustedes muchísimo”, y  bueno, estas cosas pasan, te puede quedar alguna cosa que te ha entusiasmado mucho, pero conceptualmente es distinto, ellos arman un patio abierto en el centro. Es un poco la
imagen de la entrada que se parece, pero el partido es distinto. Nuestro proyecto era una plaza central, semicubierta por los fueros que iban a estar en la cubierta, y era una plaza pública, atravesable.

MP/    Quizá  la  justicia  no  estaba  preparada  para  este  edificio.  Me  parece  que  aquí alguien  se adelantó…
RF/  Sí,  puede  ser,  aún  hoy  la  Justicia  está  en  sus  reductos.  Este  era  un  edificio muy  abierto,  muy transparente, aquí hubiera habido un intenso intercambio entre jueces, justicia y pueblo. Habría sido cosa de mano a mano.

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proyecto, creatividad y equipo

MP/  ¿Qué hace Frangella cuando se sienta a proyectar?
RF/   En general, debo decir que todos los trabajos importantes los hemos hecho en equipo, a través de distintos socios; hay un tramo muy largo de mi vida que fue con Félix Casiraghi y Ricardo Cassina, después otro, con Guillermo Dergarabedian, otros más circunstanciales. Ahora mismo todos los concursos los esto y haciendo con un equipo de proyecto que integran Valeria del Puerto, Horacio Sardin y Bárbara Berson;  no estoy solo. En general, mi método de trabajo es un poco el método tradicional, o sea,  luego de leídas bien las bases, los programas, de un conocimiento del sitio, de una discusión de lo que es posible en ese lugar, con las tecnologías que se pueden usar, cada uno trae alguna punta, algún  partido, alguna idea de armado. Esos partidos se discuten y se trata de elegir el mejor y ahí, el ideal, que nunca lo alcanzamos, es poner tiempos y decir “hasta acá se define el partido”. A veces nos perdemos y terminamos, como siempre, sin dormir la última noche, eso sigue pasando. Pero sí tratamos de hacer la cosa lo más participativa posible.

MP/ El lugar de la creatividad, ¿cómo está presente?
RF/  Hemos hablado mucho de mi cosmovisión y de mis pensamientos; no todos mis socios han compartido este modo de sentir, en algunos aspectos sí y en otros no; cada uno tiene   también sus tendencias  y sus visiones; cada uno acerca desde su lugar, esa síntesis creativa. A mí me gusta hacer algo que siempre se dijo y que sé que hace Clorindo Testa: se va a un bar, se sienta, piensa y después en el estudio dibuja una primera tirada de sus ideas, y ese es el puntapié inicial. Yo he tratado de hacer eso también, porque es algo que me atrajo siempre y lo logro bastante, pienso mucho -en el auto, en donde sea, cuando sea-, y después llega un momento en que me pongo a dibujar, cuando tengo más o menos todas las premisas y los elementos, cuando he tomado una idea de cómo posicionarme en el terreno, de cómo es la organización funcional, una idea del material predominante, del volumen, del corte. Cuando tengo todo eso controlado, hago una primer volcada de todos los elementos,  que consiste  en abarcar la entrega  entera: plantas,  cortes, vistas,
imagen,  algún detalle; si la obra tiene algún detalle muy  particular, ese detalle tiene que aparecer. Siempre sostengo que todo lo esencial del proyecto tiene que estar en ese primer germen, que es el dibujo de partido, el boceto de arquitectura. Ahí tiene que estar todo presente, como te pasa a vos en la gestación tuya como ser humano, en ese primer elemento está todo -tu cerebro, tus uñas-, y eso se va desarrollando. Tiene que  estar todo, no podés a último momento preguntarte cómo va ser la cubierta: si es inclinada apareció desde el primer día, está en el gen de inicio. En eso te ayuda mucho el dibujo, el croquis espontáneo, el dibujo que casi hacés con los ojos cerrados, es un dibujo que sale de tu interior, casi tu computadora interior, tu server interior que lo vuelca. La técnica es diversa: birome, lápiz de color, tinta china o los marcadores que me gustan mucho; en fin, todo vale y también valdría la computadora usada de esta manera. Para mí, la computadora está mal usada, está para mostrar las chicas en bikini en primer plano, no está usada para mostrar lo
esencial de un partido, sino para mostrar las pieles, las superficies, los reflejos. La computadora debería usarse como una herramienta más, ahí es donde decimos que no es mejor el marcador que la computadora, ni que la computadora es mejor que el grafito.  Todo vale,  lo que tiene que ser mejor es el hombre que está detrás, el creativo.  Si hay creatividad, si hay fuerza, si hay sabiduría, si hay coherencia, si hay energía organizadora,   eso es lo que vale. Después podés agarrar con la mano un lápiz o ser un experto en la computadora, el mundo no se acaba en ella, quién sabe que aparecerá después, pero siempre tendrá que ser el hombre con su síntesis: la síntesis del hombre, no de la herramienta. La postura frente al mundo es del hombre.

MP/  ¿Hay en esos equipos de trabajo generaciones diversas?
RF/ Fue últimamente, ahora de hecho estoy trabajando con Horacio Sardin y Valeria  del Puerto, que más o menos andan en los cuarenta  y pico, y después Bárbara Gerson, que es más joven. Siempre tratamos
de incorporar jóvenes. También los jóvenes inician sus vidas y se van, la historia de todos estos años ha sido armar y desarmar equipos, porque la Argentina ha sido un país que se ha armado y desarmado. Con todas las situaciones  de inflación,  corralitos  y todo  eso, es difícil  conservar una continuidad,  ofrecer  a todos un proyecto atrás de otro y un sueldo, y aún hoy es muy difícil.

MP/  ¿Aún hoy?
RF/  Aún hoy, aunque tanto no te puedo decir porque estoy un poco alejado. Yo no me considero sólo un arquitecto, en estos momentos me considero un hombre creativo, un trabajador por un mundo mejor, un trabajador social, que también es arquitecto. Yo, ya que ahora mis hijos están todos casados y tienen todos su educación, no quiero ser más solamente un arquitecto que tenga su estudio, estoy en muchas actividades. Fundamentalmente, en mi arquitectura, en mi actividad plástica, estoy en esta movida de los croquiceros urbanos, que es muy interesante,   estoy en el CPAU, en la SCA, en una unidad de trabajo que se llama Hábitat Social, estoy mucho de jurado como una manera de bajar docentemente estas convicciones, que malas o buenas, tengo, que son mías.

MP/  ¿Y la Universidad?
RF/ Voy mucho, me invitan a dar charlas,  visito muchísimo los Colegios de Arquitectos de todo el país, me llaman para hablar de dibujo, hago pequeños talleres de expresión grafica, o hablo de vivienda de interés social, o hablo de escuelas o de vivienda, me gusta toda esta labor. La  actividad  de jurado  es muy importante,  es un entrenamiento  y estás  haciendo  arquitectura también. Nuestra  vocación  de  arquitectos  es  muy amplia  y  entendiendo  que  antes  que arquitectos  somos  seres humanos, entonces hay mucho que hacer. Sigo trabajando con las cooperativas, todo el trabajo social es muy fuerte. Estoy también con este grupo de los cartoneros. En fin, miles de cosas que tienen que ver con el ser humano, que está antes que el arquitecto. El arquitecto es una anécdota si se quiere, todos somos hombres llenos de sabidurías y búsquedas y tesoros como personas. El escribir, el pintar, el dar una conferencia, hacer esta entrevista, tiene un valor enorme, tanto o más que hacer un proyecto más de arquitectura. Prefiero hacer ésto que una nueva propiedad horizontal  igual a miles anteriores, prefiero estar con vos charlando de esto, si ésto va a servir para motivar a otros, para sembrar dudas, para hacerle temblar el piso a otros.

MP/ Ese es justamente el fin que perseguimos con esta serie de entrevistas, que sirvan para disparar ideas, reconsiderar conceptos, despertar preguntas, dejar de lado prejuicios; sus lectores constituyen un espectro muy variado y con que unos pocos se pongan a pensar lo que estás diciendo, el objetivo estará alcanzado…
RF/ Yo también hago esto con mucha ilusión, porque tengo comprobado que es como una siembra, semillas que sembrás y con el tiempo ves los frutos. Por eso yo sigo apostando al cartón, como material noble, a las cooperativas como la mejor estructura de organización social, a la profesión con una actitud de servicio, también al arte como una manera de revindicar temas que nadie considera, como este de los cartoneros, los albañiles, o el amor al trabajo manual.

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referentes y referencias

MP/ ¿Cuáles son tus referentes locales, en la región, en el mundo?
RF/ Hay muchos; por ejemplo, en Paraguay está Solano Benítez, que hace cosas muy interesantes; estuvo Barragán  durante tantos años trabajando, hay muchos.

MP/ Te he escuchado hablar de Clorindo Testa, que siempre lo tomás como un  referente, he leído en alguna parte que lo considerás tu maestro,  decías que era el que mejor había traducido el
movimiento moderno en clave local…
RF/  Si, a mi me asombra que Clorindo hoy en día, con la situación del país, ya no puede hacer el Banco de Londres que hizo. Sin embargo sigue haciendo una arquitectura muy nacional, porque con ladrillos, con mampostería, con techos de chapa, con recursos muy elementales, sigue siendo un creativo de vanguardia. El siempre tiene como una cosa de sensatez -quizás no lo explicite  tanto como lo hemos dicho en esta charla-, pero él tiene una cuestión de sensatez, de respeto por el clima, por el paisaje, por la gente, por el modo de usar las cosas. Siempre le agrega a todo eso su imaginería, que es muy frondosa, muy barroca, podría decir muy rica en formas, pero es muy serio lo que hace, es un trabajador. El sería como el albañil que está arriba del andamio: él está sentado en su mesa trabajando  y trabajando. Es un hombre sencillo, humilde, no se cree nada, abre el estudio a quien sea, comparte. Ha armado muchos grupos, es una persona muy interesante.

MP/ ¿Cómo ves la arquitectura de la región?
RF/ Toda la obra que se ha hecho en Medellín es muy interesante, el espacio público. Es una obra en general buena, todas esas bibliotecas, escuelas, una más moderna, una menos moderna, una si querés más europea, pero en general es una buena arquitectura.

MP/   Parece ser que los colombianos  redescubren  el valor integrador  del espacio  público  en una sociedad que ha sido muy violenta…
RF/ Justamente, brindarle bibliotecas, centros de arte, todas buenas obras que podríamos incluirlas en una línea latinoamericana, más nuestras.

MP/ A diferencia nuestra, en Medellín hay recursos públicos al servicio del espacio público real, acá no sucede a ese nivel. Solsona me contaba una experiencia  que comparte con vos, en Villa
Fátima, aquí en la ciudad de Buenos Aires, donde imaginaban un espacio público de calidad, con lo mejor puesto ahí. Sostiene, algo que imagino compartís, que quien lo transitara llevaría algo de
ese espacio a su hogar…
RF/ Si, un espacio de dignidad sobre todo.

MP/   Los arquitectos,  como  profesionales  liberales,  ¿estamos  en condiciones  de pensar  el espacio público de esta manera?
RF/  El arquitecto sigue pensando en su obra de arte, en sus castillitos, que su obra sea distinta y sobresalga sobre todas los demás; en definitiva, que sea una escultura. Seguimos pensando la arquitectura no como una obra para la sociedad sino para nosotros, para sacarla en la revista, para que te inviten a un congreso. Por eso, volviendo a tu pregunta, los valores contrarios a esto debieran ser los valores del inicio de la formación de  un  arquitecto.  A  quienes  van  a  estudiar  arquitectura habría  que  preguntarles  porqué  quieren  ser arquitectos, preguntarles si piensan en lo que el país está necesitando, mostrárselo, preguntarles si están dispuestos  a  hacer  eso  o,  por  el contrario,  piensan  estudiar  porque  ser  arquitecto  es  poder  gozar,  en definitiva, de una buena posición. Obviamente, desde la universidad pública habría que empezar por ahí, por plantearse para qué estamos los arquitectos acá, y esto que se dice tantas veces, que la educación pública está pagada por todos, esos otros son, como los que están sobre los andamios, los que   pagan los impuestos. Todo esto es algo demasiado serio como para jugar. Yo pienso que eso debiera ser el comienzo de todo, evitaría tantas cosas después y es la salud que necesita  el país,  que necesitamos  los argentinos  como  sociedad:  una formación  en valores sólidos, no en la frivolidad, la superficialidad, en la facha, en la figuración.

MP/ Te contaba, antes de comenzar con la entrevista, de una experiencia de hoy a la mañana en la facultad, cuando se presentaba uno de los temas del año, en un asentamiento de emergencia en el Conurbano bonaerense: una alumna decía que no se sentía preparada para responder, que se sentía completamente ajena a esa realidad, lo decía con mucha sinceridad…
RF/ La comprendo, no está preparada, allí debe haber un trabajo interdisciplinario, como decíamos antes.

MP/ Quizá, los arquitectos cuando intervienen en estos lugares no toman a sus habitantes como un igual, lo analizan  como si no fueran personas iguales a nosotros,  con las mismas aspiraciones,  
las mismas inquietudes…
RF/ ¡Ah, bueno! Es que nosotros, “los intelectuales”, somos superiores, no te olvides de eso. Afrontar estas problemáticas no es nada fácil, y menos solos. Solos no se puede

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mapamundi

La línea del ecuador no atraviesa por la mitad el mapamundi que aprendimos en la escuela. Hace más de medio siglo, el investigador alemán Arno Peters advirtió esto que todos habían mirado pero nadie había visto: el rey de la geografía estaba desnudo. El mapamundi que nos enseñaron otorga dos tercios al norte y un tercio al sur. Europa es, en el mapa, más extensa que América latina, aunque en realidad América latina duplica la superficie de Europa. La India parece más pequeña que Escandinavia, aunque es tres veces mayor. Estados Unidos y Canadá ocupan, en el mapa, más espacio que África, y en la realidad apenas llegan a las dos
terceras partes del territorio africano. El mapa miente. La geografía tradicional roba el espacio, como la economía imperial roba la riqueza, la historia oficial roba la memoria y la cultura formal roba la palabra. Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Eduardo Galeano. Página 211